La clave de una comunidad mejor

La clave de una comunidad mejor

Algunas personas me dicen que soy muy exigente, que me esfuerzo demasiado…

No necesito justificarme, y lo que viene a continuación no es un intento de ello, si no una reflexión motivada a raíz de estas críticas, que estoy seguro servirá para todo el que tenga la paciencia de leerla.

La mayoría de las personas escogemos el camino fácil. En varios estudios se ha visto que a nuestro cerebro le es más sencillo procesar una situación concreta que una abstracta, como es lógico. Y esto conduce a que por naturaleza, procrastinemos.

Es más tangible una ansiedad inmediata a una recompensa en el futuro, por lo que aún sabiendo que sufriremos las consecuencias, suscribimos el mantra de: «Mejor malo conocido que bueno por conocer.

Es decir, difícil, al fin y al cabo, hace referencia a aquellas cosas que no sabemos hacer y supondrán salir de nuestra zona de confort. Por lo que a la hora de elegir, el cerebro nos influirá en la parte racional para argumentar la decisión de tal manera que nos parezca que el ese esfuerzo invertido no valga la pena. Es en este momento cuando tu parte inconsciente se encargará de poner todas las excusas que hagan falta.

Lo fácil, en cambio, es aquello que hacemos de forma casi automática, por lo que nuestro cerebro realiza un esfuerzo mucho menor. No tiene necesidad de buscar ni crear nuevos patrones neuronales.

Es decir, que algo sea fácil o difícil, es cuestión en gran parte, de la repetición.

Sin embargo, repetir algo aplicando el mínimo esfuerzo es también fácil por definición.

Lo difícil es repetir la misma acción una y otra vez de la mejor manera posible, tratando de superarnos. Es de esta forma como estaremos aprendiendo a velocidades de vértigo.

La consecuencia de esto, es el desaprovechamiento de las capacidades de nuestra especie. Humanos mediocres. Gente mediocre reafirmando su mediocridad con cada una de sus acciones. Pero, qué se le va a hacer, es cosa de nuestro cerebro, ¿no?

cerebro vago

No.

Sí eres tú. Eres tú quién no trabaja su fuerza de voluntad, su disciplina ni su autocontrol. Que algo sea natural no quiere decir que deba permanecer así. Eres la víctima de tus propios hábitos actitudinales.

Los hábitos se autoperpetúan. Cada vez que aceptas una excusa, cada vez que cedes ante ti mismo, no haces sino darte una razón más para volver a hacerlo en el futuro. Empiezas a normalizar un error conductual.

La buena noticia es que por cada vez que decidas romper el hábito, será más fácil sobreponerse más adelante ante la misma decisión.

Ser constantes es difícil para la mayoría por el simple hecho de que no estamos acostumbrados a serlo. Hay para quién, en cambio, ser constante es su rutina, y no serlo es difícil, porque constituye romper un hábito ya instaurado.

Llega un momento en el que te resulta más sencillo actuar de forma implacable, con tesón y decisión, que posponer una acción que es, de una u otra manera, ineludible.

Pesan los años condicionados por actitudes mediocres, por el conformismo y la renuncia a la excelencia, por las medias tintas y la indeterminación.

Deja que te cuente una historia...

Érase una vez un bosque. Un gran bosque separado por un muro. En él se pusieron dos carteles.

En una de las partes, uno que proclamaba: «Fácil».

En la otra: «Difícil».

Así pues todo lo que ocurriera en una parte del bosque sería fácil, y en la otra, difícil.

En la parte difícil del bosque los árboles se esforzaban por dar los mejores frutos y hacer crecer sus ramas arrojando la mejor sombra a los animales que cobijaban. Los animales comían frutos de la mejor calidad y daban el mejor de los abonos para los árboles. El sol daba su mejor luz, y cuando no lo hacía eran las nubes las que daban su mejor agua.

El resultado era un paisaje colorido y exuberante de vida.

Mientras tanto al otro lado del muro el bosque ya no era bosque. Los árboles se habían secado hace tiempo, los animales que no yacían muertos estaban desnutridos y no dudaban en volverse unos contra otros canibalizándose en busca de comida. La lluvia caía a duras penas y el suelo, desértico, ya no podía albergar ningún tipo de vegetación.

Esa es la sociedad en la que vivimos, en la que vives, en la que vivo.

Cómo sumar

Es simple: Esforcémonos en dar lo mejor de nosotros, cada día.

El problema es que trabajamos en cosas que no nos apasionan, y por motivos en los que no creemos.

Y por eso perdemos la ilusión en la vida.

Terminamos en un trabajo haciendo lo mínimo posible y agarrándonos al Domingo como si no hubiera un mañana.

Imagina por un momento una frutera apasionada. Te ofrece el mejor de los géneros, sonríe, transmite ilusión. La gente va a comprar fruta porque únicamente hablar con ella alegra el día.

Puede parecer una locura, porque no es lo que solemos ver en nuestro día a día. Pero mayor locura es… permíteme decírtelo, vender tu vida y dedicarla a algo que no te apasiona, renunciar a ser mejor.

Si todos y todas hiciéramos esto nuestro bosque terminaría siendo el infierno en la tierra, poblado por gente con vidas vacías y artificiales.

Así que doy gracias a esas personas que si luchan por superarse día tras día. Que hacen lo necesario por ofrecer su mejor versión a la sociedad, que sonríen, que dan soluciones, que te alegran el día, que contagian ilusión, que con su ejemplo, inspiran a los demás a ser mejores. Gracias Andrea Castelló Andrés, Emilio R., Pilar F., Hermes, Vicente Calvo, Juan Carlos y una lista interminable que dilataría en exceso esta reflexión, suficientemente extensa de por sí.

Deja un comentario